La nueva República nacida del golpe militar de 1936 ya no era el Estado que en 1931 hubiera querido ser. La resistencia al golpe del pueblo armado leal a la República desató unas pasiones que no podía contener. Inicialmente se había tratado de evitar el golpe mediante la negociación pero cuando ésta fracasó los dirigentes republicanos quedaron a merced de los elementos. En esta sección describiremos lo acontecido en la retaguardia republicana durante el período 1936-37.

 

El 18 de julio de 1936, cuando ya se había producido el golpe en Melilla, el gobierno republicano se encontraba sin jefe. Casares Quiroga dimitió al ser incapaz de dominar la situación. Fue sustituido por un gobierno efímero al mando del diputado de Unión Republicana Diego Martínez Barrio, que durante esa noche pidió comunicación con los rebeldes en vistas a una última negociación que detuviera la guerra. El general Mola se negó en rotundo afirmando que ya nada podía detener a las masas de partidarios de su causa. El 19 de julio por tanto, ante la caída de este gabinete subió al poder otro republicano, esta vez de Izquierda Republicana, José Giral.
El gabinete de José Giral que se extendió hasta septiembre de 1936 siguió sin contar en momentos tan críticos con el apoyo de las otras fuerzas sociales de izquierda como los socialistas o los comunistas porque ante todo se pretendía que las democracias occidentales no identificaran a la República de la guerra con un gobierno revolucionario. Pero mientras tanto, los reveses militares estuvieron a punto de acabar con su resistencia. Además la imagen exterior de la República sufrió un duro golpe con las noticias de la matanza de Badajoz ocurrida a mediados de agosto que fue la causa principal de los trágicos sucesos de la Cárcel Modelo, prisión que desde el principio de la guerra había albergado a alrededor de 3.000 prisioneros políticos. Efectivamente el 23 de agosto, tras un conato de incendio en la prisión provocado no se sabe por quién, los milicianos de la CNT-FAI clamaron venganza por lo de Badajoz y tras sacar a unos 40 presos procedieron a fusilarlos sin juicio alguno. Al día siguiente sacaron a 30 presos más y continuaron los fusilamientos. Entre los caídos se encontraban Melquíades Alvarez, republicano conservador, José María Albiñana, jefe del Partido Nacionalista Español y los falangistas Fernando Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda. Estos trágicos sucesos fueron los que posibilitaron la creación de los Tribunales Populares destinados a ocupar el vacío de justicia provocado por el estallido de la guerra. Mediante estos tribunales los acusados podían al menos defenderse de las acusaciones que se les imputaban aunque normalmente eran hallados culpables en la mayoría de los casos.

 

  

A principios de septiembre de 1936 los ejércitos rebeldes se encontraban a las puertas de Madrid. Por ello y atendiendo al hecho de que la imagen "moderada" de la República no había despertado el claro apoyo de Inglaterra y Francia, subió al poder el socialista Francisco Largo Caballero en un nuevo gobierno de concentración en el que estaban representados también los comunistas. Este gobierno fue llamado el "Gobierno de la Victoria". Los anarquistas, en plena fiebre revolucionaria, fueron también invitados a participar en dicho gobierno pero fieles a sus principios se negaron a formar parte de cualquier estructura de poder político. Sin embargo antes de fin de mes sus representantes en Cataluña accedieron a formar parte del gobierno de la Generalitat lo que representaba la primera contradicción del movimiento anarquista en la guerra. Desde el inicio de la guerra los anarquistas habían sido los amos de la Cataluña revolucionaria pero como no tomaron el poder y accedieron a compartirlo en el Comité de Milicias Antifascistas la Generalitat pudo finalmente ocupar su lugar y el Comité fue disuelto el 1 de octubre. El nuevo gobierno autónomo presidido por Lluís Companys se caracterizó por la falta de relaciones con Madrid. Lo mismo ocurría en el Aragón revolucionario, es decir, aquella zona que se había sido tomada por las milicias anarquistas salidas de Barcelona en su avance hacia Zaragoza, Huesca y Teruel. Este territorio constituyo de hecho otro "estado independiente" regido por el Consejo de Aragón anarquista, órgano que trataba de extender la revolución agraria e industrial por la zona.
Otras regiónes que se prestaban a gran cantidad de interpretaciones sobre su adhesión al bando republicano eran Vizcaya y Guipúzcoa. La República se aseguró esta zona al inicio de la guerra prometiendo a sus habitantes que les sería concedido el estatuto de autonomía. En octubre de 1936 el estatuto quedó aprobado pese a las reticencias de Madrid y fue nombrado presidente José Antonio Aguirre. De todas maneras la nueva República de Euskadi apenas abarcaba ya la provincia de Vizcaya tras la caída de Irún y San Sebastián en manos enemigas.

 

Francisco Largo Caballero

 
A finales de octubre los ejércitos del general Franco se acercaban a Madrid. El jefe de gobierno Largo Caballero no parecía haber modificado sustancialmente la situación desde que sustituyera a Giral al frente de la República. En noviembre los nacionales iniciaron la ofensiva que debía acabar con la caída de Madrid y con la guerra pero entonces el material bélico enviado por la Unión Soviética igualó la lucha. Al mismo tiempo el gobierno fue reformado para hacer frente a la crisis. Los anarquistas que ya habían accedido a entrar en el gobierno catalán accedieron ahora a entrar también en el gobierno central. Cuatro anarquistas fueron nombrados ministros, Juan García Oliver (Justicia), Juan Peiró (Industria), Federica Montseny (Sanidad), primera ministra de la historia de la política española, y Juan López Sánchez (Comercio). La inclusión de los anarquistas en las tareas de gobierno desconcertó a sus militantes que hasta entonces habían aprendido hasta la saciedad de las teorías anarquistas que cualquier forma de gobierno era malo por naturaleza. Sin embargo la guerra les había puesto en una situación que se les escapaba de las manos y ante su aislamiento decidieron dar este importante paso contrario a sus teorías.

Probablemente fue una decisión acertada a corto plazo porque Madrid se convirtió en un ejemplo de unidad frente a la crisis. La ciudad resistió y el asedio se convirtió en leyenda. Pero había quedado cercada y los comunistas estaban empezando a adquirir un prestigio que escapaba al control de los anarquistas. Su actitud de férrea disciplina ante la guerra y el apoyo de las armas rusas hacían del PCE el partido ideal para la nueva sociedad republicana. La debilidad de los otros partidos, socialistas, republicanos y a partir de septiembre de los anarquistas también ayudó al encumbramiento de los comunistas a las altas esferas de decisión dentro del bando republicano. Pronto empezó a ocupar los principales puestos en la administración republicana y su temible policía secreta, la NKVD, exportada desde Moscú, tendría mucho que ver en la posterior eliminación de los disidentes a la toma absoluta del poder. Su primer paso en esta dirección se dio en Cataluña (donde el PCE recibía el nombre de PSUC, Partit Socialista Unificat de Catalunya) y fue que los miembros del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), un partido comunista independiente de Moscú, fueran expulsados del gobierno de la Generalitat. El secretario general del POUM, Andreu Nin dimitió de su cargo en el gobierno el 16 de diciembre de 1936. Pero las purgas comunistas no habían hecho más que empezar.

Sus siguientes víctimas en Cataluña fueron los anarquistas y en sus ataques encontraron un apoyo firme no sólo de las clases medias, aterrorizadas por los experimentos revolucionarios anarquistas, sino también de la Generalitat que trataba de recobrar el control de las estructuras de poder. En el otoño de 1936 el sistema anarquista de colectivizaciones agrarias e industriales perdía impulso, la Generalitat estaba tratando de parar el proceso revolucionario. La industria colectivizada no había podido impedir la caída de la producción desde julio. En las colectividades agrarias rurales los comunistas apoyaban a los pequeños propietarios agrícolas, reticentes a entrar a formar parte de una colectividad, el éxito económico de las colectividades era dudoso. La disputa entre comunistas y anarquistas pronto versó en la polémica de si era necesario detener la revolución y ganar primero la guerra como pedían los comunistas o si realizar la revolución y la guerra eran inseparables dentro del esfuerzo bélico republicano como querían los anarquistas.
En lo referente a las relaciones entre los vascos y el gobierno central la situación también era tensa. La autonomía concedida por Madrid al territorio vasco había creado la República de Euskadi, un estado semi independiente con un ejército propio. El gobierno central insistía que dicho ejército formaba parte de la estructura militar del Ejército Republicano del Norte junto a los territorios de Santander y Asturias.
Todas estas tensas relaciones entre comunistas, anarquistas, socialistas, nacionalistas vascos y republicanos moderados hacían imposible una dirección política común para ganar la guerra. En la primavera de 1937 estos grupos políticos se mantenían frágilmente unidos porque Madrid seguía aún amenazado pero cuando los nacionales desistieron de tomar la capital y se lanzaron a la conquista del norte la situación política republicana se había tensado hasta el límite y pronto estalló en mayo de 1937.

Los acontecimientos se desarrollaron básicamente en Barcelona. El 1 de mayo de 1937 se celebraban los actos del día del trabajador, que al ser los primeros celebrados en guerra, debían convertirse en una grandiosa manifestación de apoyo a la España republicana que tuviera repercusiones en la opinión pública mundial, pero ese día las calles de Barcelona aparecieron desiertas. La tensión política era tal, que la Generalitat previendo disturbios había prohibido cualquier tipo de manifestación política o sindical. Sin embargo nada podía detener ya la cruenta lucha por el poder político en la España republicana. Pronto los comunistas con su secretario general José Díaz al frente apoyaron a la Generalitat en sus protestas de que la CNT, que controlaba el edificio de la Telefónica, estaba registrando e interviniendo todas las llamadas de los teléfonos del gobierno. La Telefónica había sido colectivizada por los anarquistas en julio de 1936 y ahora la Generalitat pretendía volver a tomar el control sobre ella. El 3 de mayo por tanto enviaron un destacamento para apoderarse del edificio pero los anarquistas se resistieron y hubo un tiroteo.

 

 

 

 

 

Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia anarquista, sus seguidores en Barcelona levantaron barricadas en todas sus calles y con el apoyo de las milicias del POUM, se prepararon a resistir a las fuerzas de la Generalitat que recibían la ayuda de los comunistas. El 4 de mayo Barcelona era una ciudad de retaguardia en guerra. Los tiroteos se sucedieron durante todo el día y los ministros anarquistas Juan García Oliver y Federica Montseny efectuaron un llamamiento por radio a sus seguidores para decirles que depusieran las armas o la lucha armada de la República frente al fascismo estaría perdida. Muchos de los anarquistas en las barricadas se sintieron defraudados por esta actitud de sus dirigentes, sabían que si deponían las armas todo su ideal revolucionario, por el que habían luchado en julio de 1936 se vendría abajo. El 5 de mayo algunas unidades militares anarquistas que luchaban en Aragón partieron para Barcelona lo que ponía en serio peligro el frente republicano de la zona. Afortunadamente los nacionales no disponían entonces de fuerzas para iniciar una ofensiva en ese frente porque estaban ocupados en la lucha por la zona norte republicana. El 8 de mayo ante la llegada de refuerzos enviados por Madrid los anarquistas y el POUM cesaron la lucha lo que significaba su rendición final ante los comunistas y el gobierno central.

Los anarquistas habían quedado anulados, ahora los comunistas tenían mano libre para tomar las medidas que creyeran necesarias ante el POUM, partido que obstaculizaba la tarea del PCE en la lucha por el poder. Pero antes se produjo la caída del gabinete de Largo Caballero. El 13 de mayo los comunistas pidieron "medidas" contra los anarquistas y el POUM, Largo Caballero se opuso y los comunistas se negaron a seguir formando parte de ese gobierno. El aislamiento de Largo Caballero, el otrora líder revolucionario, era total y el 15 de mayo dimitió. Pasó a debatirse quién sería su sucesor, los comunistas sabían que tenía que ser otro socialista para no alarmar a las democracias europeas pero desestimaron que Indalecio Prieto fuera el elegido y apoyaron la candidatura de Juan Negrín, el ministro de Hacienda que había embarcado el oro español hacia Rusia. El nuevo gabinete de Negrín incluía dos ministros socialistas, dos comunistas, dos republicanos, un nacionalista vasco y otro catalán.

Los anarquistas quedaron fuera, así como los miembros del POUM que a finales de mayo sufrieron la purga de los comunistas. Primero fue clausurada su publicación, el diario "La Batalla". El 16 de junio fue clausurada la sede del POUM en Barcelona y su estructura militar en el Ejército Popular republicano fue disuelta. Al mismo tiempo se detuvo a sus principales dirigentes, entre ellos Andreu Nin. Pronto se convirtió en víctima de las purgas estalinianas de la NKVD. Se cree que fue llevado a la prisión de Alcalá de Henares donde agentes soviéticos trataron de que firmara una confesión que demostrara que era un "agente del fascismo". Ante su negativa a firmar fue asesinado. La desaparición de Nin se convirtió en un asunto escabroso para el nuevo gobierno de Juan Negrín. Los anticomunistas hicieron popular una pregunta formulada al gobierno que decía: "Negrín, ¿dónde está Nin?". Los comunistas, hábiles como pocos, "encontraron" pronto la respuesta: "En Salamanca o en Berlín", decían. Pero los actos contra dirigentes del POUM continuaron durante todo el resto de 1937.
El PCE estaba realizando una purga que a ojos de miles de republicanos era necesaria para sostener una dirección firme de la guerra, aunque eso no significaba que todos la apoyaran tácitamente. El terror revolucionario fue reemplazado por una represión policial sistemática y controlada. Las llamadas "checas" comunistas fueron creadas y utilizadas no sólo contra espías nacionales sino contra disidentes de izquierdas que no aceptaban el predominio del PCE en la política republicana. Pronto se propuso por tanto eliminar aquellas organizaciones autónomas nacidas bajo el ya eliminado control anarquista. El Consejo de Aragón radicado en Caspe fue una de sus primeras víctimas. Bajo la dirección del anarquista Joaquín Ascaso el Consejo había resultado ser socialmente un éxito pero su contribución a la guerra era más bien ineficaz y constituía un serio impedimento para la reorganización del frente. El 11 de agosto de 1937 el comandante Enrique Líster fue enviado a Aragón con su unidad para restablecer el poder del gobierno central. El Consejo de Aragón fue disuelto y empezaron las detenciones de anarcosindicalistas.

 

 

 

 

El gobierno de Juan Negrín era responsable en gran medida de esta despiadada represión. El propio Negrín no la veía con buenos ojos pero sabía que si entraba en conflicto con los comunistas la República perdería la guerra irremisiblemente. En el otoño de 1937 cuando se perdió la zona norte muchos políticos republicanos ya sólo pensaban en la derrota. Solo Negrín y los comunistas creían que la República podía ganar la guerra o al menos no perderla. Pero para que ello se produjera, todo el esfuerzo bélico, toda la ayuda material posible y todo hombre y mujer capaz de empuñar un fusil y de trabajar en una fabrica o en el campo debía concentrarse bajo la autoridad del gobierno central. Ello significaba que Cataluña, que hasta entonces había formado un Estado dentro de Estado republicano, tendría que ser eliminada como autonomía política y someterse al gobierno Negrín. El 1 de octubre de 1937 se celebraron en Valencia las Cortes republicanas (una manera de mantener la apariencia de democracia de la República). Negrín y su gobierno volvieron a obtener el respaldo de los comunistas en la continuación de la lucha. Las disidencias habían cesado, al menos por el momento. El nuevo año de 1938 se presentaba como una verdadera prueba para los republicanos. La situación militar era incierta (en aquellos momentos se desarrollaba la batalla de Teruel), pero el control de la retaguardia parecía aparentemente firme.




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